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El clima cambia

Por Gonzalo Merediz Alonso



La temporada de huracanes de 2021 ha concluido. Este año, en la península de Yucatán, nos fue bien. Realmente no tuvimos afectaciones significativas. No fue igual en el ya famoso, por muchas razones, año de 2020 cuando varias tormentas tropicales y huracanes impactaron a la Península de Yucatán y otras regiones del Atlántico tropical y subtropical. Cada año se designan 21 nombres de mujer u hombre para identificar a los ciclones del Atlántico. Cuando ese número es rebasado, se utilizan las letras del alfabeto griego. Ese caso se había dado únicamente una vez en 170 años: en la temporada de 2005 que llegó a tener 5 tormentas que fueron nombradas con una letra griega. Quince años después, la historia se repite pues tuvimos un desfile de 9 tormentas y huracanes con nombres griegos: desde Alfa hasta Iota.

Los huracanes del Atlántico se empezaron a registrar sistemáticamente en la década de 1850 cuando se presentaban no más de cinco tormentas por año. Desde entonces, el número anual muestra una tendencia creciente ininterrumpida. Fue hasta principios de los años 30 cuando se rebasó la veintena de tormentas por año, lo cual no volvió a ocurrir durante tres décadas. A partir de ahí, ese límite se ha rebasado en una docena de veces, incluyendo 2005 cuando por única vez, hasta 2020, se rebasó la barrera de los 30. Un patrón tan claro de aumento en el número de huracanes, por no hablar de su también creciente intensidad, coincide con las tendencias de calentamiento planetario ocasionado por los niveles cada vez más altos de dióxido de carbono y otros gases en la atmósfera, producto de la actividad humana.



En este caso, como en muchos otros, podemos ver un claro efecto de la nociva cultura de percibir a la conservación ambiental como disociada, e incluso peleada, con el desarrollo. Nada más equivocado. La falta de previsión ambiental que está generando al cambio climático, tiene un costo real. Tan solo los ciclones de 2005 generaron pérdidas mayores a US$171 mil millones. El huracán Wilma, paralizó la actividad turística de Cancún por completo durante meses. Los ciclones de 2020 costaron más de US$50 mil millones. Todo ello, sin contar la tragedia humana que representa la pérdida de vidas, propiedades e infraestructura.

La llegada masiva de sargazo al Caribe Mexicano desde 2015, parece estar ligada también a las mayores temperaturas marinas por el cambio climático y a la contaminación del océano. A ello hay que añadir los severos efectos del COVID-19, cuyo origen parece estar en malas prácticas ambientales de manejo de la fauna silvestre. Las más graves crisis económicas de nuestra turística región y del mundo, surgen de problemas ambientales de origen humano. Estamos viviendo impactos concretos e inesperados en nuestras vidas cotidianas y economías. Si no vemos la relevancia de la conservación ambiental para un desarrollo económico y social estables, quién sabe qué otras sorpresas nos depare el futuro.



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